
Una amiga muy querida me dijo que fuera al Museo Cluny cuando le conté que iría a Paris, (es el Museo Nacional de la Edad Media. Para allá partí. Era domingo, y hacía más frío que los días anteriores. Eso me pareció seguramente porque andaba en la calle.

La fachada me recordó el magnífico Alcazar de la ciudad de Segovia; columnas, murallas, techos, ventanas y gárgolas adornaban el exterior, -una abadía del siglo XIII-, que daba su paso a un recorrido interior de varias salas con vitrales, esculturas, estatuas, imágenes religiosas, cálices, joyas, vestuarios, atuendos y cerca de 70 tapices preciosos bien conservados. Todos de la edad media.
Las salas con vitrales estaban oscurecidas, precisamente para resaltarlos. En el recorrido llegue a una de las más famosas salas donde están los tapices de “La Dama y el Unicornio”, del siglo XV. Una Sala donde se exhiben seis (creo) grandes tapices, donde las figuras principales son una dama, -al parecer muy noble ella-, un unicornio y un león que llevan armas y estandartes (del comandante Jean Le Viste). En uno de ellos, de mayores proporciones que el resto, parece además un mono chico o macaco.
Según lo que he averiguado, -y los diálogos vía Facebook sobre esto-, los tapices representan los 5 sentidos, y el deseo, amor o sexto sentido. Acordándome, aparece la dama tocando una suerte de arpa (oido); probando alguna golosina (gusto); tocando el unicornio (tacto) y el estandarte; ofreciéndole un espejo al unicornio (vista); y haciendo una corona de flores (olfato).
En conjunto, podríamos decir que representan lo que podríamos denominar “condiciones básicas para el conocimiento”; el mirar, el tocar, el olfatear, el degustar, el oler. Y el resumen de esto, el sentir. El sexto tapiz podría también representar el sentido oculto o sexto sentido, o el instinto.
Alguien me dirá que hay gente que tiene alguno de estos sentidos estropeados. Conozco gente ciega, o que no puede olfatear, y puden hacer una vida bastante normal. Es cierto, pero me pareció que los autores e inspiradores de los gobelinos iban más allá de esto.
En otras salas, se exponen unos gobelinos con un proceso y posterior lapidación de un Santo: Saint Étienne o San Esteban, mártir que aparece en los Hechos de los Apóstoles. Es como un vía crucis, que describe las etapas, desde su detención, el proceso, la lapidación y muerte de este mártir y figura relevante de los primeros cristianos. En la escena final, se ve el espíritu del santo en ascenso, y cerca del cadáver lapidado están el unicornio, el león y el mono chico. Los mismos de los tapices.
Es probable que los tres seres, -bajo el paradigma neoplatónico vigente en la escolástica medieval-, hubieran representado aquello que tenemos en vida, los sentidos y el deseo. Aquello que se deja una vez que el alma se libera del cuerpo, y comienza su escalada al reino de las ideas, al mundo de lo verdadero y lo bello en sí mismo.
El ascenso de San Esteban hacia la perfección después del martirio, hacia el lugar desde donde todo emana. La buscada elevación hacia la contemplación que promulgaban los Victorinos, místicos franceses medievales que se ejercitaban en esta “ascesis” o entrenamiento para poder llegar al estado donde no hay necesidades.
No había dama porque, seguramente, sus autores eran respetuosos de la castidad del mártir, pero si denota una concepción sobre aquello que, pensaban, pertenecía a un mundo material y sensible, al mundo del unicornio, el león, los pájaros, las joyas, la vista, el tacto; y aquello de la esfera inmaterial. Dualidad vigente, por cierto.