Había una vez un Sátrapa que cayó en desgracia frente a la poderosa reina persa. De nada sirvieron sus elogiosas batallas frente al enojo real. Le dieron un región pequeña para gobernar, siendo antes eso si un poderoso señor; el otrora favorito del Rey Ciro.
Al llegar al lugar, vio montes, praderas, jardines y huertos. Había también un pequeño palacio, sirvientes y distintos animales. Pero lo que le gustó fue la luna. Y pensó:
- Este pequeño reino me pertenece mientas tenga el favor del Rey. Pero ¡ que linda está la luna ¡ Es preciosa, y alumbra a todos. No solo a mí -
Decidió, -sin pocas dudas y temores-, hablarle. Y la luna le habló.
Decidió, - todavía más nervioso-, tocarla. Y la luna se dejó tocar.
No era para él una esfera blanca y lejana. Era cercana y palpable. La podía abrazar y sentir.
Y estaba siempre ahí, en las tierras que le fueron asignadas. Un día la rapto, y, -tan sólo por un día-, la pudo tener cerca. Comió y bebió con ella. Se encandiló con la luna llena. Tal era la ternura que sentía, que la arrullaba para verla dormir. Le bastaba mirarla, casi no dormía de alegría. Le parecía que le daba calor, que tenía brillo propio.
Pero la luna es la luna. Aún con calor y luz, sentía que siempre él debía hablarle, sino la luna jamás le hablaría.
- Quizás ella sienta que no sólo debe alumbrarme, sino a todos. Quizás la luna tenga a alguien-, se preguntaba.
Nadie sabe como terminó la historia, si finalmente puso el Sátrapa tener su luna