
Hace unos días, -medio en broma medio en serio-, alguien en Twitter me dijo que había un alto porcentaje de los “twitteros” no sabía quien era Sísifo. Bueno, Sísifo fue el malogrado Rey de Feira (Corinto) que, según la mitología griega, fue condenado a subir una roca a la cima del monte. Y cuando estaba a punto de llegar, la roca de le escapaba de las manos y caía en picada. Bajaba y volvía a intentarlo. Pero volvía a fallar; intento, fallo; intento, fallo, y así ¡eternamente¡.
Hay varias versiones de las razones de su condena. Algunas hablan que fue por delatar a Zeus de sus amoríos con las bellas mortales (por “boca floja”), y otras que se pasó de listo. Que fue condenado, al igual que Prometeo, por ser demasiado astuto.
Según se dice, convención a su mujer de no hacer el sacrificio habitual a los muertos si era obligado a bajar a la morada de Hades, el Dios de los muertos. De esta forma rehusó de irse al inframundo, pero fue devuelto a la fuerza y condenado al sacrificio de la roca.
Sísifo no quería morir, y pagó el altísimo precio: la condena de rutina eterna. Es como el Sol que aparece todos los días, pero en vez de luminoso y hermosísimo, oscuro y quejoso.
Cuando el Filósofo español José Ortega y Gasset vino a Chile (a fines del año 1928), dijo que teníamos algo de Sísifo, por los movimientos telúricos que durante la historia destruían las ciudades; construíamos y se desmoronaban las casas, calles y edificios; volvíamos a construir, venía un terremoto y como consecuencia la destrucción de lo construido.
También se ha hablado de Sísifo para ejemplificar las crisis económicas que vuelven con distintos nombres: de las “punto com”, la del tequila, la asiática, y ahora la financiera.
Del ejemplo de Ortega y Gasset quiero hacer una nueva interpretación. Y es la “fortaleza de Sísifo”. De tanta destrucción por sismos, aprendimos a hacer construcciones antisísmicas. De un contexto brutal e inmanejable, -un país sísmico-, aprendimos a sobrevivir y desarrollar una tremenda competencia que hace, incluso, que podamos construir una de las torres más altas de Latinoamérica.
Junto con lo anterior, quisiera hablar del “Sísifo que llevamos dentro” y como transformar su condena también en una fortaleza. Hace algunos días, alguien noto que no estaba muy “centrado” (esa fue la palabra que usó). Es decir, que por fuera andaba algo distinto y que él pensaba que tenía un problema interior. Quizás.
Hace tiempo que estoy tratando de entender mejor los fenómenos que noto ocurren en mi entendimiento y sentimientos. Tratando de tomar la vida de forma más integral, apacible pero con energía. Sobre todo disfrutar y aprender mejor de los momentos de ingente singularidad y complejidad que, pienso, me los estaba perdiendo con todo. También tratando de cultivar una mejor percepción sobre los otros. Eso del tamaño de la vara con que juzgamos seremos juzgados.
Pero ocurre que a veces sostenemos conversaciones con nosotros mismos, lamentablemente, basadas en sentimientos no muy constructivos, y poniendo el acento en cosas más bien malas que aquello bueno que vemos en los demás. Y ahí se cae la roca.
La roca podría llegar a la cima y entregarnos la visión desde lo alto si ensayáramos “suspender el juicio” o más bien, dejar entre paréntesis el mal juicio sobre los demás. Creo que ese sólo ejercicio diario hace que no partamos desde la cima del monte con la roca todos los días, sino desde la mitad, y quizás con una roca convertida sólo en piedra. Esta en cada uno intentarlo y llevar la carga más ligera. En cada uno, sin duda. Desde la fortaleza del Sísifo que llevamos dentro, a una sociedad mejor.
De los poetas de la red me acaba de llegar:
<< sentados los dos,
Una copa de buen vino en cada mano,
Música al fondo,
No hay algo que decir,
O tal vez mucho que hablar;
Se ponen lado a lado,
Una mano arriba de la otra,
Le mira sus dedos largos,
Se ríen,
Están tranquilos,
Nada que decir,
O hubiera algo que hablar;
Se acompañan,
Se protegen,
Se abrazan y se dan cariño,
No hablan de futuro,
Nada que decir,
Unas pocas cosas para hablar;
Solo una frase: -eres lo mejor que me ha pasado este año-,
Y nada más que hablar
Quizás todo por vivir >>
Efraín Encina Erg